Un cuentacuentos es un animador cultural en esencia, pero con características específicas, puesto que es un animador a la lectura con todo lo que ello implica, contribuyendo al desarrollo de la imaginación, enriquecimiento del lenguaje, difusión de cuentos y de escritores. Por eso, aunque para ejercer como contador de historias no existen estudios reglados, lo primero que hay que tener es la intención de comunicar. Después, las habilidades, el criterio artístico y el gusto personal se pueden adquirir y perfeccionar a través de cursos y talleres. Los cuentacuentos son verdaderos expertos en captar y retener la atención de un auditorio, incluso si el público tiene muy corta edad.
En general, se centran en la adquisición y potenciación de competencias en el uso de la palabra, el lenguaje gestual, el modo de captar y retener la atención de un auditorio, exponer conceptos e ideas con facilidad y persuasión. Los principales elementos que se tratan son la voz, la mirada, el gesto de apoyo, el espacio, la disposición, la organización de sesiones de cuentos, el tiempo y los centros de interés. Son talleres muy participativos, con abundantes propuestas prácticas que incluyen la improvisación, creatividad, oralización, ejercicios de memoria, expresión corporal y juegos de voz.
¿Qué se requiere? Estos animadores a la lectura deben tener un poco de muchas otras profesiones. A veces deben ser un poco magos, otras un poco payasos, en ocasiones poetas, psicólogos, inventores de juegos... Por eso, una característica fundamental es la paciencia, a la que hay que añadir grandes dosis de creatividad e imaginación, manejo de la voz (para poder variarla y crear diversos personajes), habilidades comunicativas y de relación con los demás y conocer muy bien su propio cuerpo y sus posibilidades gestuales para crear empatía con el público.